SEMANARIO VOCES | ENTREVISTA | 14/06/2018 | Pag. 16

FRANKLIN RODRÍGUEZ, ACTOR Mujica es el gran actor del Uruguay, a su lado, Alberto Candeau no existe (primera parte)

 
Tiene décadas trabajando en teatro ya sea como actor, director, escritor o empresario y ha pasado por todos los medios de comunicación. Se define como un hombre de izquierda y reivindica a muerte su libertad de opinión. Es políticamente incorrecto y mantiene su independencia a rajatabla. Durante la entrevista habló, actuó y dijo todo lo que se le ocurría, sacándonos carcajadas continuamente. Se levanta el telón, con ustedes: un librepensador.

Por Leonardo Flamia y Alfredo García
Fotos Rodrigo López

PERFIL
Nació en 1963 en el Cerro, a una cuadra y media del estadio, y vivió allí has­ta los 16 años. Tuvo cuatro hermanos. El padre era tipógrafo en la Fuerza Aérea. Hizo parte de la escuela en el Maturana y parte en la escuela públi­ca. Lo mismo que en el liceo. Vivió también en Rivera, por unos años, con su familia. Es casado, tiene tres hijas y dos nietos.


Contaste que una vez pasaste por el Teatro Florencio Sánchez y que había varias gurisas y que te gustó por eso. ¿Cómo era la escuela de teatro en el barrio?
Ensayamos una obra de Tennessee Williams, éramos seis o siete. La historia más linda fue cuando hicimos un sainete y yo hacía de un viudo. Yo me movía mucho, estaba nervioso y con miedo. El director me preguntó que de quién eran los zapatos que tenía. Eran de mi padre, tres talles más grandes. Me dijo que me saca­ra uno y le puso un clavo. "De ahí no te movés , me dijo. Y no me pude mover. Se olvidó que después venía el aplauso y el saludo: cuando se abrió el telón todos fueron para adelante y yo quedé clavado al piso, salu­dando solo. Fue una experiencia muy linda. Era todo muy elemental.
¿Cómo te surge la vocación teatral?
Por las chicas. En ese momento no había vocación.
Hace poco encontré un cuaderno donde escribía nove- litas, cuando llegaba el verano y me aburría. Leía mu­cho, sobre todo Patoruzito, Nippur de Lagash y otros. Empecé a ver que había novelitas de cowboys chiquitas de Marcial Lafuente Estefanía, pero tenían más letra y me duraban dos días. Después tengo un tío proxeneta que ahora vive en Ecuador y que vivió acá mucho tiem­po y estuvo preso en el Tacoma. Se recibió de periodista ? por las revistas Patoruzito que atrás tenían un aviso que decía: "Sea periodista en veinte clases", y lo hizo. Hoy muchos tendrían que haber hecho ese curso (risas).
Algunos ni ese hicieron.
Yo me había ido de mi casa a vivir con mi tío, antes que cayera en cana. Él tenía tres chicas que vivían con él y trabajaban en Bonanza. Era raro, porque era del 26 de Marzo y había estudiado en el Colegio Pío hasta tercero de liceo, lo cual en esa época era una barbaridad. Era un tipo de mucha fe, religioso y del 26 de marzo.
Qué contradicción andante.
Totalmente. Tenía una Vespa celeste en la que llevaba a las chicas a ver ópera al Solís. Dejaba a una e iba a bus­car a la otra. Las chicas lo adoraban, pero era un proxe­neta que tenía un bufo guardado. De noche, cuando yo venía cansado de trabajar, comíamos todos juntos y él nos obligaba a rezar a todos en la mesa, pade­cíamos el pan y él se iba con las chicas. Después,cayó preso. Me daba libros de la biblioteca. "Lea esto", me decía. Un libro que todavía conservo, sin tapas, es Las fuerzas morales, de José Ingenieros. Mirá quién me lo regaló, mi tío proxeneta. Es maravilloso. Después me dio Crimen y castigo, Los hermanos Karamazov, Tolstoi.
¿Te das cuenta la cabeza del tipo? El tipo que hablaba del socialismo, del cambio, era un proxeneta. Era muy raro, pero a la vez tenía una avidez maravillosa por co­nocer y por saber. Jamás ponía música de cuarta, po­nía siempre música clásica en el casetero. Y las mujeres eran del nivel que él quería. Las tenía bien cuidadas, las llevaba a lugares divinos. Yo lo adoraba, para mí era mi ídolo. Yo me equivoqué de profesión. ¿Para qué me dediqué al teatro? Ya veía que era una lucha, que había que remontar contra todo para poder ser actor. Lo digo en chiste, pero en ese momento me parecía admirable. Capaz se podía ser actor y proxeneta a la vez, pensaba. Con el pasar del tiempo me di cuenta que había sido interesante convivir en ese mundo. Yo me levantaba para ir a la escuela y ellos estaban volviendo. Cada una de ellas alternaba con él. A mí nunca me dejó entrar en esa historia. Fue divertido. Y sobre todo me dio de comer un año y pico, y me daba para los boletos para ir a estudiar. Mi padre me había echado cuando supo que me dedicaba al teatro.
Era inadmisible.
Tenía que estudiar abogacía o la carrera militar. Es más, estuve cuatro meses en el liceo militar y me echaron a la mierda. Para mi padre fue una desilusión, y me llevó muchos años reencontrarme con él y que él aceptara lo que yo había hecho. Fue cuando vio que yo no era homosexual. Después volvimos. Si vivera y ve esta entrevista me dejaría de hablar de nuevo.
Hiciste la EMAD en época ele dictadura. Sí. Había estado cerrada como tres años, y se abrió de nuevo en el ochenta. Fue la ge­neración de Omar Varela, Margarita Mus­ió y toda esa gente. Yo entré un año des­pués. Para mí era un mundo extrañísimo.
Entre tu vida de barrio y ese mundo. Empecé a ir ahí, a clase de danza, de es­grima, de maquillaje, de arte escénico, de técnica vocal. Aparecieron millones de cosas que para mí eran nuevas, y con desventaja, porque había gente que es­taba preparada. Estaban Tabaré Rivero, Andrea Davidovics, Ariel Caldarelli, ti­pos que tenían un bagaje, que venían del teatro. Yo estaba lejísimos. Nunca había visto una obra de teatro, imagínate. Tuve que remar mucho en la biblioteca que estaba a la vuelta del Solís, para empezar a tener una idea de qué hablaban. El cho­que más grande fue cuando hablaban del teatro del absurdo. ¿Qué era eso? Empecé a hacer absurdo cuando Eduardo Schinca hizo La Cantante Calva. No entendía. Fueron saltos grandes. La educación jue­ga un papel importante, y yo no la tenía. Ahí empieza la locura de estudiar, de leer y leer, que terminó en empezar a escri­bir. Creo que fue eso lo que me generó la ansiedad de no quedarme, de decir que "como no sé nada, me jodo". Estaba Ma­nolo Varela, un escritor, que me prestaba cosas para leer. Turgenev, los autores ru­sos. Ahí apareció Chejov en mi vida. Me empecé a nutrir de cosas que por ahí lo que hacían era tapar pozos, emparchar. La EMAD fue un mundo que era raro. Hasta que egresé no supe qué había esta­do haciendo ahí adentro. Siempre estaba a punto de dejar, de abandonar.
Tenias esa contradicción. ¿Eras sapo de otro pozol
Sí, claro. No ligué una, todas me borra­ban, eran minas más grandes. Si había fiesta no me invitaban. Y no tenía un mango. La pasé muy mal. Un día le con­té esto a Omar Varela. Le tengo que agra­decer: cuando se enteró que un loco de primero iba a dejar la escuela, hizo una colecta, y todos pusieron plata para que yo tuviera para ir y volver a mi casa. De verdad me salvó la vida hasta que apare­cieron los bolos, es decir, los personajes chicos. Apareció una obra en la Comedia Nacional con un buen sueldo, y ahí de alguna manera logré ir llevándola hasta que egresé. Pero Ornar fue el hacedor de que esto siguiera adelante. Si eso no hubiera pasado, yo no habría seguido. No podía pagar los boletos. Venía cami­nando del Cerro y cruzaba por la cancha de Progreso, pasando por la ANCAP, en invierno. Eso lo hice cuatro veces, y dije que no lo hacía más. Claro, hacer todo ese sacrificio para llegar al teatro. "¿Qué hago acá?", pensaba. "Me voy a laburar por ahí, como hacen todos mis amigos, y me dejo de joder con esto, qué voy a hacer teatro." Era incongruente mi po­sición en la vida frente a la demanda de saber historia del arte. Hablaban del mo­vimiento dadaísta. ¿Qué mierda me im­portaba? Pensaba en que tenía que comer dentro de un rato. Jugaba en Progreso, además.
¿Eras bueno?
Espantoso. Pasaba de ir a hacer la pre­temporada en los médanos de Carrasco y después llegaba al teatro: "Pónganse, uno, dos, tres." "¿Quién soy yo, para dónde voy?", pensaba. "¿Estiro o no esti­ro? ¿Elongo o no elongo? ¿Tiro la pelota para adelante o meto la plancha?" El fút­bol se terminó un día en que jugué con­tra Peñarol, que en ese momento jugaba en la sexta Coquito Rodríguez. ¡Cómo corría! Peñarol en Los Aromos nos hizo ocho goles. El último gol, el negro me hace una tirada por arriba, entra con una zancada brutal, y entro a correrlo, y para­lelamente a mí y a la línea blanca estaba el técnico, que corría atrás mío diciéndome que lo matara. "¡Cuando lo agarre!" Porque había que agarrarlo, al negro...
Y no lo agarré nunca. Ahí dije que eso no era lo mío y el fútbol quedó relega­do. Era la época en que los jugadores de fútbol se cagaban de hambre. En eso yo era muy efectivo: siempre en cosas que no daban laburo. Ahí seguí con el teatro y apareció el arte escénico, que es lo que hago. Tampoco estoy seguro de si es lo que quiero hacer.
¿Todavía no estás seguro?
Cuando venía- para acá estábamos en Sarandí del Yi esperando el ómnibus con mi productora, y me preguntó si volvería a hacer un vida así, si tuviera que elegir. No, no lo haría. Me gustaría ser hijo de es­tanciero, si tengo que elegir. Alguien que no tenga que hacer sacrificios y venir en este ómnibus que va a Montevideo por los pozos que hay en la calle. Ella se reía. No volvería a ser el mismo. Sí el mismo tipo, pero no con estas cosas. No fue fácil.
Cuando salís de la EMAD abren el gru­po de Teatro Sin Cueva.
En el 83, a instancias de Tabaré Rivero. No te llama nadie, si no generás vos tu espacio. Empezamos a actuar en la feria de Tristán Narvaja. Hacíamos teatro todos los domingos a las nueve de la mañana. Hoy lo mirás y es de una inocencia... Ha­cíamos sainetes españoles adaptados, y los entremeses de Cervantes, uno por domin­go, nos quedamos sin repertorio. ¿Y ahora a quién se le ocurre algo? A mí. Como me daba vergüenza, empecé a firmar con un nombre ficticio: Quiñones de Benavente. "Está bueno, ¿de dónde lo sacaste?" "De la Biblioteca Nacional" Como eran una manga de burros, yo lo patentaba como que era de otro. Años haciendo Quiñones de Benavente, y un día les confesé que era yo, y que no les había dicho porque, si les decía, no me habrían hecho la obra. Y me dijeron que sí, que ño la habrían hecho. Ese es el ninguneo del uruguayo. Ahí me gustó la idea de empezar a escribir. Pasé al Circular. Vino Veinte años no es nada-, Ah, machos-, Tuya, Héctor, y un montón de cosas, porque me sentí con confianza y capaz de escribir una obra de cuarenta páginas.
Te tocó en algún momento que alguien escribiera: "nació un nuevo Florencio". Tan maltratado por los críticos como Florencio Sánchez en esa época. En aquel momento me enojé mucho, hoy ya no me enojo. Separados son muy buena gente, pero como grupo de críticos me caen mal. Hoy, lamentablemente, no tie­nen ninguna fuerza. No hay diarios, no se publican críticas, y eso es un problema para el teatro. Lo cierto es que había una cosa que me parecía buena: lo crítico. Decían que estaba mal, pero explicaban por qué. Abbondanza, Taco Larreta. Po­días estar de acuerdo o no, pero daba una visión dé cómo hacer las cosas. Estaba bueno, me gustaba. Hoy es lo que salga, lo que puedas y quieras poner, pero en otro momento había un teatro compro­metido, con un sentido, que iba hacia un lado, que generaba algo. Los ochenta fueron efusivos en discusiones. Extraño discutir, charlar después de la función. Claro, no hay Sorocabana y los bares son todos espantosos, con fútbol todo el día. Eso se perdió, y extrañás esas cosas. Hoy es cada uno a la bartola. Es curioso que cuando más técnica tenemos, menos po­sibilidad de discusión tenemos también. Para ver una película teníamos que ir a lo de Meltzer o a Cinemateca. Hoy la bajás por internet. Eso se perdió, y eso es una crítica, también. No sabés si está mal o bien lo que hacés, porque nadie te lo dice. ¿Te guiás por el público? Yo qué sé. Capaz que sí, capaz que no. El público avala cualquier cosa.
Hay cantidad de teatro en Uruguay. Muchos grupos, muchas obras, muchos escritores de teatro.
Toneladas. Setenta obras había la semana
pasada en cartel. Y ahora con vacaciones de julio, con las de niños, va a llegar a cien. Es increíble, sí. Hay muchas.
¿La cantidad da la calidad? ¿ O se gene­ra cualquier cosa?
¿Cómo puede haber tantos cuadros de fútbol y jugadores, en un país tan chi­quito? ¿Por qué no les pasa a Eslovenia, Eslovaquia o Suiza? Creo que es una tra­dición, una forma, una manifestación. Brecht decía que cuando queden dos personas en el mundo, una le va a ha­cer teatro al otro. Es maravilloso, es un lugar de explosión. Yo tengo una escuela de teatro, y hay gente que te agradece, porque eso salvó su vida. No sé si va a ser actor o actriz, pero ha hecho algo con su vida. Y esto me parece fundamental para entender esta forma de ser. Creo que está en el ADN. Sobre la calidad, no sé, pero está la intención de hacer cosas. Hay un grupo nuevo al que se le ocurre juntarse a hacer un Chejov o un Lorca. Más allá de que los derechos son abier­tos para todo el mundo, hay que hacer un Lorca, che. Estuve mucho tiempo en España: allá si no*está la plata antes, a los tipos no se les ocurre pensar en una obra. Acá se juntan, deciden hacer una obra y después se ve cómo se solventa. En Es­paña, si no le decís que está la plata, el actor no se mueve. No es a riesgo. No lo hacen. Cuando vienen acá, se preguntan qué cómo nos arriesgamos así. Bueno, es nuestra forma. Y nos admiran. Porque hacemos eso: sentarte a esperar una vez que tenés el producto. Vendés aire. No es una empanada, que te la podés comer - si tenés hambre: es aire. Tiene más segu­ridad el que vende tortas fritas en Con­vención y Mercedes. Y si juega Uruguay en Subí5, no viene nadie. ¿Juega Nacio­nal contra Peñarol en la sexta, o llueve o hay paro? No viene nadie. Y salen los pelotudos del tiempo a decir que capaz que hay tormenta, y sale todo el mundo corriendo. Estos pelotudos, que viven y curran de generar miedo. Me acuerdo de María Julia Muñoz, en otro rol pelotudo que tuvo, cuando fue ministra de Salud y dijo que había mucha gripe y recomen­dó a la gente que no fuera a los teatros y cines. Pero no se le ocurrió decir que no fueran a los shopping. Me acuerdo cuan­do dijo eso. ¿Por qué no recomendó no subir a los ómnibus? Con el capital no te metés.
¿La izquierda hizo algo por la cultura? Hay que preguntarle a la izquierda. Yo no lo noté. Esto va a generar que los gru­pos de teatro me llamen al orden. Claro, como hay subvenciones les cago la vida.
Lo siento en el alma, yo también me per­judico. Hay ayuda a veces por parte de la Intendencia con el tema de que pagan la luz, el agua y el teléfono, que en rea­lidad son trueques: les das entradas por función.para que ellos repartan en los barrios, y ellos te brindan la posibilidad de ir pagando lo mínimo. Y hay otra cosa que ha generado Michelini, que se portó muy bien en este sentido, al generar la ayuda anual del parlamento a los grupos. Obviamente que, cuanto- más grande, como en el caso de El Galpón o El Cir­cular, la cifra es mayor. Esto es una gran ayuda: arreglás las sillas, el aire acondi­cionado o el baño que se rompió. Esto lo hizo Michelini, y hay que decirlo. Podrá ser pelotudo, como le dicen, pero hizo esto. Y no soy de Michelini, antes que me digan nada.
Hiciste el aviso de su grupo. ¿Lo cobraste? Se lo cobré todito. Tres años de colegio de mis hijas. Lo hice porque votaba al Frente. Si no, no lo habría hecho. Yo vo­taba al Frente, creía en el Frente. El año pasado me llamaron para hacer lo mismo y dije que no lo hacía, porque no creía en absolutamente nada de todo eso. No hay chance de que crea en un proyecto que fracasó. No me quiero pelear con mis amigos, porque muchos siguen creyendo en esto, pero creo que fue todo una gran mentira, un falso amor. Capaz que yo creía demasiado. Ellos me dicen que bue­no, que la política es así. Ayer veía en el diario a Daniel Ortega. No puedo creer­lo. Tengo su libro guardado en mi casa. Le creí todo, pensaba en los que habían ido a plantar café, en la revolución sandinista, en Ernesto Cardenal. Todo esto me parece doloroso, y ahora pasa acá, lo vivimos nosotros. Creía que el futuro iba a ser distinto. No pensaba que iba a cam­biar el mundo, pero sí que las creencias se iban a mantener más fuertes. Nunca hubiera pensado que un vicepresidente iba a renunciar por todas las matufias que pasaron. Me duele, y aunque ahora no soy del Frente tengo mis raíces en la izquierda y me duele mucho.
¿No hizo nada bien la izquierda?
No, hubo cosas que se hicieron bien. Hay dos posibilidades que me parece terrible considerar: una es que sean jodi­dos, malos, y la otra es que sean ineptos. Creo que son ineptos.
Es menos doloroso.
Si la educación tenía dos puntos de miér­coles, ahora tiene un montón. Y quieren más. Y la educación es paupérrima. Fui hace un mes a Dolores a hacer una fun­ción: siguen con la escuela rota. Hace dos años fue el ciclón. Si no podemos levantar dos escuelas, entonces olvídate si un día nos llegan a bombardear de al­gún lado. Nunca más. ¿Vieron el video de Beltrame de Rusia, donde se ve cómo en diez cuadras arreglan una avenida de cinco carriles en una noche? Y en el cen­tro de Montevideo veinte obreros con el agujero. Y salieron de la Intendencia a justificar que con las máquinas que tie­nen ellos. Es ineptitud. Tampoco quiero creer que sean unos monstruos que ha­cen por gusto las cosas. Quiero pensar que no saben nada. Nunca se pensó la cultura como un proyecto. Lo que nos sucede hoy en la calle con los robos y los asesinatos tiene que ver, además de la educación, con la cultura. Los valores. Una vez, de niño, me traje un lápiz Faber de la escuela. Mi padre me lo hizo devol­ver al otro día. "Sí, papá." Y lo devolví. Pero porque mi viejo, que no había terminado quinto de escuela en Paysandú, sabía que lo que no es tuyo no lo agarrás. Y la frase "pobre pero honrado" la hacías valer a rajatabla. Hoy es la viveza. Antes los tipos que empezaban siendo nada, progresaban, como Magurno, que teminó de presidente de La Española. O Novick, que se jacta de que empezó car­gando cajones pero es verdad.
O Tabaré.
O Tabaré. "Estoy acá, pero mañana voy a estar allá", pensaba uno. Hoy los cuidacoches se jubilan de eso. Y eso también está en la cabeza. Por suerte he viajado mucho con mi profesión, y te da lástima ver que un país tan chico con cuatro cli­mas, con la ganadería y con todo lo que tiene, no pueda salir del pozo en el que está. Y que haya dos países: Montevideo y el resto, que es el olvido. ¿Altos índices de suicidio? ¿Cómo no te vas a suicidar? Yo me imagino tres días ahí y me suici­do cuatro veces. Es lógico. ¿Qué podés hacer, aparte de embarazarte, mamarte y matarte? No hay un proyecto, no lo piensan como país. Y yo no entiendo eso ni mil cosas más.
¿Qué cosas?
No entiendo cómo un día Tabaré iba a llamar a Bush si pasaba algo en la frontera con Argentina. No lo puedo creer, no me entra que un tipo que está en la izquierda te hable de llamar a Bush. Ahí se mezclan los cables y entrás a ver que el bueno no era tan bueno ni el malo era tan malo. Y ahí tenés un lío bárbaro, porque te edu­caron con que eso era así. Me acuerdo siempre de Chiflet, que se fue porque la operación UNITAS fue autorizada por el Frente. Renuncio y me voy. "¡Qué hue­vos!", pensé. Porque viste que a veces hay gente del Frente que no está de acuerdo, pero votan en bloque. El bloque ponételo en la cabeza, a ver si pensás un poquito estas cosas. Esto es lo que a mí me pare­ce patético y terrible. Veo dirigentes del PIT-CNT que vuelven de Venezuela y dicen que todo allá funciona muy bien. ¿Me están jodiendo? Lo único que falta es un apoyo expreso a Nicaragua. Esos son los momentos en que a mí se me quie­bra algo internamente. Me costó decirlo, porque te pegaban un hachazo. Empecé a encontrar pares que piensan lo mismo, y que también se la comieron. Y un día te envalentonás y lo decís, y ahí viene la an­danada de puteadas de todo tipo; porque, claro, fe animaste a decir lo que pensás. Por segunda vez voy a votar anulado, no tengo empacho en decirlo. Me tienen que enamorar, y no me sirve el menos malo. Casi toda la gente que me rodea vota al Frente. "Qué querés que vote", dicen. Me acuerdo de mi mamá, que decía que vota­ba a Batlle porque era el mejorcito. Pobre mi vieja. La hice cambiar y votar a Mujica. Le pedí perdón. Votó sesenta y cinco años al Partido Colorado, y por mi culpa votó
a Pepe Mujica. ¿Quién era yo para hacerle cambiar el pensamiento? Fijate qué tipo jodido era, qué mal hijo. "Este va a cam­biar", le decía. Ahora me mira y me dice: "¿Y? ¿Qué pasó?".
Hay cosas que sí han cambiado. La re­construcción del Auditorio en el primer gobierno del Frente Amplio.
Ni hablar. El SODRE es maravilloso. También hay que pensar en lo que pasó con Julio Bocea después. Fue una tortu­ra. El SODRE hoy hace el ballet con mú­sica grabada. Está todo mal, no puede ser tan complicado manejar un país de tres millones. No quiero saber lo que es Bra­sil. ¿Tres millones y no podemos arreglar esta cosa? Esto es lo que me parece que es jodido del Uruguay. Teníamos a Julio Bocea. Lo querían de Londres y el tipo estaba en Uruguay, se quedó acá por mu­cha menos plata. Se terminó yendo por el sindicato. Esas cosas me enferman. En el teatro no tenemos un sindicato fuerte, gente que salga aguerrida. Los popes y la gente conocida no pone la cara. Hay un gran miedo. Mirá lo que pasó con Petru Valensky, pobre. Dio su opinión y lo ma­taron. Pidió disculpas, y fue peor. Yo lo quiero a Petru, es el tipo más bueno del mundo. Lo mataron. Esos cagones que se esconden en un Facebook para putear a una persona deberían tener coraje para enfrentar esas cosas. Yo no sé si el ejérci­to es la solución, pero lo que está ahora tampoco lo es. Sale Bonomi a decir que salió a comprar balas de goma en Rusia. ¿Les informás a los chorros que tenemos balas de goma? Es un chiste todo esto. Yo no tengo por qué vivir con miedo. Y la misión de ese tipo es que no vivamos con miedo. Muchas cosas no están bien, y me da risa cuando escucho los argumentos. También pasa que uno crece y ya conocés a los que están en el poder, que son como compañeros tuyos. "Me estás jodiendo, te estás acomodando", pensás. "¿Viste que le dieron un puesto?", te dicen de alguien. ¿En serio? ¡No te puedo creer! Y ahí te da bronca. No creas que a mí no me ofrecieron un puesto político. Claro que me lo ofrecieron. ¿Querés trabajar en el ministerio? Es muy fácil orquestar. Después te jubilás de eso. Pero me niego a ser empleado público. Con todo respe­to. Y no porque sea un crack, sino por­que no me sale. A los dos días me peleo y me voy. ¿Cuánto puedo durar yo?
Sos de irte, vos.
Soy un salidor rápido, de todos los luga­res. Si algo no me gusta y no me siento cómodo, no me quedo. Y no tiene sen­tido pasarlo mal en la vida. Me voy de un programa de televisión en vivo, no tengo ningún problema. Si me decís que son miles de dólares que me van a hacer una diferencia, me banco cualquier cosa. Pero si no está esa diferencia y no la paso bien... ¿Por qué voy a hacer cosas que no quiero, si puedo sobrevivir con lo que hago bien? No me sacrifico más por cosas que no me gustan. Pero no lo hago por gusto ni por llamar la atención.
¿Está bien Socio Espectacular?
No, está mal.
¿Por qué?
Porque estás recibiendo plata de los so­cios, y los actores es una miseria lo que cobran, Y además es desleal. Hacé una
cosa muy sencilla, agarrá los edificios con los obreros del SUNCA adentro y deciles: "Chiquilines, ¿cuánto cobran la hora? ¿Quinientos pesos? Ta, vamos a ponerla a ciento cincuenta" ¿Sabés lo que hacen los del SUNCA, que son unos cracks en ese sentido? Vienen con un hierro y te rompen la.cabeza, literal. No, en el teatro vienen y te avisan que bajaron la entrada. ¿Cómo vas a bajar la entrada? "Sí, porque así viene más gente." Y claro, en el fondo lo que importaba era salvar el presupues­to del teatro El Galpón. Pero tenés que involucrar a todos, para no quedar pegado. Es un gran negocio. Libros, fútbol, básquetbol, cine, ocho teatros. Pará un poquito. ¿Cuánto le toca a cada uno? La Comedia Nacional también era gratis. ¿Y esto? ¿Cómo dividís trescientos pesos entre veinticinco tipos? Hacé la cuenta y decime.
¿Para quién era el negocio, para El Galpón?
No era, es.
¿Y los teatros no podían marginarse de eso? ¿Por qué aceptaron los otros tea­tros?
Porque recibían la platita por mes. Segura.
Y ahí hay otra lectura: hago lo que quie­ro, y siempre voy a tener gente, que viene gratis, y recibo una guita por mes para solventar los gastos. No hay riesgo. El riesgo es cuando vos comés de esto. Acá hay que diferenciar lo profesional de lo amateur; el amateur es el que labura de otra cosa y además hace teatro y no de­pende de eso. En mi caso, como en el de muchos, si no vendemos, no moría­mos. Yo pago mis cuentas con la ven­ta de entradas, ahora mejor que antes. Laura Sánchez, Silvia Novarese, el Flaco Denevi, César Troncoso; vendían entradas y de eso comían. Si no, no pagan las cuentas. Es muy sencillo. Habíamos op­tado: hacés esto y no lo otro, laburás acá y dejás de hacer otra cosa. Elegir la obra, arriesgarse, laburar con profesionalidad, eso tiene un costo. Ahora, si vos hacés una obra al lado y cobrás dos pesos. Yo he visto gente llegar a El Galpón y pregun­tar qué había para ver, porque total era gratis. No querían ver algo en especial: era el garrón. Eso existe, se instaló. Ya no lo podés combatir, yo no lo combato más. En un momento saltó mucha gente, después se fue apaciguando, y después se integró al sistema y el sistema ganó. En mi teatro no hay ni Socio Espectacular ni tarjetas: es contado rabioso. Hace once años la gente preguntaba por las tarjetas. No, no tenemos nada de eso.
¿Qué representatividad tiene el rol de la SUA y la FUTI? De alguna manera están integrados a Socio Espectacular, forman parte. Cuando criticás Socio Espectacular una de las primeras cosas que te dicen es que lo resolvieron por asamblea.
Me enteré de Socio Espectacular cuando vi a Walter Reyno un día en televisión haciendo una publicidad que era una parodia de la película Bajos Instintos. Todo a espaldas de los actores, y el SUA nunca pidió disculpas ni habló de rever la situación. Jamás. Y no lo van a hacer, porque en el fondo hay presiones de los teatros grandes. Hay mucha presión. Levantás la mano, mayoría, cagaste; es así. No hay forma. FUTI es la Federación Uruguaya de Teatros Independientes, cada uno tiene un enviado y cuando voy y digo algo... "Mayoría", te dicen. Soy un perdedor nato. Lo asumo, es un país democrático. Mayoría es mayoría. Bue­no, es una opción de ellos, y me parece muy bien. No hay quejas. Ahora bien, yo como individuo tengo derecho a de­cir que no me parece bien que vengan los argentinos y dejen dos pesos, ni que vengan en grupo y no se pague tal cosa, o que no aporten. Puedo decirlo. De ahí a que me den bola... Ni siquiera guar­do esperanza. Pero si me preguntás qué pienso, te digo. Hace mucho tiempo que ya no me sale no decir la verdad. Si me preguntan, digo lo que siento. Y lo que siento, muchas veces, es eso. Funciona mal, pero funciona bien para otros. Para mí es negativo. Pero claro, yo no estoy en la misma posición. No es equitativo, la gente no paga la entrada, va con un re­cibo y ve veinticinco obras de teatro. La Comedia Nacional, por ejemplo.
¿Hay un público acotado para teatro en Uruguay? ¿Son siempre los mismos, que van a todos lados?
Hay un público acotado, sí. Este año hicimos Nuestras mujeres, en el Notaria­do, con Troncoso, Delgrossi y yo, «una comedia de Mario Morgan. Hacíamos seis funciones por semana. Y pagaban. O sea, cuando quieren, pagan. No es verdad que no puedan pagar. Está aco­tado si hablás de un público determina­do, pero hubo espectáculos como Italia Fausta-, Ah, machos-, Rescatate-, Barro Ne­gro. Hay gente que ha nacido durante el estreno y sigue yendo. ¿Está acotado? No. Lo que está acotado, capaz, es el gusto. O el tema que tocás, que hasta ahí llega y tiene un tope. Pero no pasa con todo. Debajo de las polleras estuvo nueve años seguidos en cartel. ¿Cuánta gente la vio? Capaz mucha, que no va nunca y va ese día, o en esa hora, porque le dijeron. Qué sé yo, viste que esto es muy variable. Pero creo que el público, en general, va, y conocen al actor más ahora que hace unos años. Ahora co­nocen de teatro, la televisión y las redes sociales han hecho que te conozcan. No van a verte, pero te conocen de ahí o de otro lado. Tienen una idea de quién sos o de qué hacés, mucho más que antes. Y no tenemos ni televisión ni cine, que es lo que hace que los actores cobren más. César Troncoso vive en Parque Posadas, hace los mandados, tira la basura. ¿Me entendes? Estaba conmigo y había ga­nado un festival en Miami en febrero, mejor actor por la última que había hecho acá. Lo llamaron de Miami para decirle que le daban el premio. Estaba emocionado. El premio se lo ganó por La Cordillera a Darín y decía: no digas nada. Y Diego y yo lo empezamos a de­cir por todos lados. ¡Le ganó a Darín! ¡Le ganó a Argentina con Messi! ¿Cómo no voy a contar éso? Obvio que sí. Y el tipo es tan modesto que no lo hace, no lo cuenta. En la terna estaban Darín, él y otro actor más, y ganó él. Le daban guita por el premio, pero estaba acá porque no podía viajar, porque no tenía plata. Esto es terrible. Si habrá valores, loco. Hay millones, está lleno. Pero claro, no los conocés, no tenés posibilidad. Un Fernando Schmidt no sale de acá.
La televisión es el gran juego, pero no lo tenemos. Se terminó la televisión para el actor uruguayo. La ley de medios se terminó. La sacó Mujica, la mostró y la guardó Tabaré.
Teóricamente está por salir.
Me hacen acordar a la jubilación de lo actores, a lo que nos dijo el imbécil di Diego Canepa un día, cuando fuimos ; hablar con él. Nosotros lo que pedíamos era que por semana cada canal nos pu­siera tres minutos de spot de teatro, que no les sale nada. Tres minutos. Nos dijo que eso no se podía hacer, que eran ca­nales privados. Pero se podía pedir que lo hicieran como gauchada. Gauchada a presión, ¿no? No, pero no sé qué, no sé cuánto , nos decía. Y se ve que se hartó de nosotros. No sé para que siguen in­sistiendo los actores ahora que tienen ju­bilación. Un atrevido. ¿Una jubilación de que, si no trabajamos? ¿Van a mandar inspectores a los teatros, a ver cuánto ge­nera un actor por día? Quinientos pesos. Es un chiste. Lo que da plata no es el teatro, es la televisión.