LA REPUBLICA | CONTRATAPA | 12/07/2018 | Pag. 24

LA OTRA MIRADA RELATOS SALVAJES

 
 
Gerardo "Negro" Gadea

Los años de gobiernos frenteamplistas han exhibido como trofeo más preciado la política económica. Con algunos chisporroteos internos -puntuales- que se reflejan en el diario vivir; cuando llega el momento de la verdad y se necesita presentar un resumen de lo realizado, este aspecto termina resultando central en la evaluación de la ciudadanía y toda la fuerza política hace fila detrás de ella. En consecuencia podemos afirmar que la política económica no sufre cuestionamientos desde la interna del gobierno y la fuerza política. En general mucho ruido pero pocas nueces.

La oposición ha tenido dificultades reales para oponerse o mostrar elementos diferenciales de ella. No porque no ha querido sino porque no ha podido. Allí radica gran parte de su debilidad en la propuesta programática y credibilidad ante el electorado.

Durante este período la oposición ha pronosticado vientos y tempestades de todo tipo y color, cambiando el discurso en el transcurso del tiempo, de la que podríamos resumirlo en 4 momentos diferenciados.

La política económica es una continuidad de la política anterior (2005-2009).

El viento de cola (2010-2014).

La década perdida (2012-2016)

La caída al abismo (2017-2020?...)

La estrepitosa caída del año 2002 de la economía nacional liquidó el sistema bancario, con él la producción, el crecimiento y el consumo. La inversión en el país era raquítica, la deuda externa volvió a crecer de manera dramática y las variables sociales como el empleo, el salario, la pobreza y la indigencia llegaron a niveles insospechados e inusuales en el país.

El propio partido de gobierno comenzó una reconstrucción desde las cenizas. Un camino de mínima credibilidad y el reestablecimiento del sistema financiero con gran esfuerzo y mucha paciencia. Para ello encontró paz en las fuerzas políticas de la oposición -especialmente de la izquierda- imprescindible para retomar el camino de la normalidad. En ese contexto el Frente Amplio alcanzó el gobierno por primera vez en la historia del país.

Se entregó el gobierno al menos andando, pero con una deuda externa cuyos vencimientos inmediatos eran impagables, con indicadores sociales de dos dígitos, con un salario deprimido, prácticamente con muy pocas políticas sociales en marcha. Se había reestablecido el sistema financiero y el país había comenzado a crecer levemente. Ponderando desde donde se había partido hay que decir con honestidad intelectual que el esfuerzo realizado en ese último tiempo resultó muy valioso pero insuficiente para tapar el agujero negro que aún pendía sobre la sociedad uruguaya.

El discurso de la oposición en el primer período de gobierno fué que el FA era "el continuismo de su propia política económica". En los hechos no se la criticaba, sino tan solo se marcaba que se hacía, lo mismo que hacían ellos. La debilidad de los partidos tradicionales en ese período era muy grande y no tenían márgen para decir otra cosa. Un argumento flaco y poco convincente.
La vida demostró que el concepto de política económica con justicia social en un solo paquete difería bastante de las políticas anteriores donde había una dicotomía entre ambos conceptos. El manejo de la deuda, los incentivos hacia las inversiones, la reforma de la institucionalidad, el cambio de las reglas de juego generaron confianza y resultados extraordinarios, más allá de lo esperable. El país generó las condiciones para la inversión, que trajo de la mano el crecimiento, el consumo y la producción. De allí el empleo, el salario y el excedente que se utilizó en la aplicación de las políticas sociales.

El gobierno llegó con salud económica y Tabaré Vázquez le entregó la banda a José Mujica cómodamente y nuevamente con mayorías parlamentarias.

Luego llegó el turno del "viento de cola", esto es que el gobierno había actuado con "piloto automático". Los precios de los commodities se habían ido por las nubes, la tasa de interés en EEUU estaba en niveles muy bajos y todo ese contexto favoreció la llegada de inversiones.-El discurso político creado fue que el gobierno tuvo suerte, "gastó" todo lo que le ingresó y que el crecimiento estuvo explicado exclusivamente por factores externos.

Nuevamente los datos de la realidad se dieron de bruces contra tal prédica. Uruguay creció por encima de los demás países de América Latina que gozaron de las mismas condiciones, las inversiones se instalaron en Uruguay en niveles muy superior al de otros países, el gasto se centró fundamentalmente en las políticas sociales que significaron una redistribución de la riqueza del país y además el nivel de reservas internacionales de respaldo llegó a niveles de solidez como nunca se conoció hasta ahora. También ese discurso dijo "cayó la cabra".

Una variante del viento de cola lo constituyó "la década perdida", término utilizado fundamentalmente por el actual líder de la oposición Luis Lacalle Pou.

La idea era plantear que todas las condiciones favorables que el país había tenido en estos años (que es efectivamente así) no las había aprovechado y por lo tanto se trataba de un período negro de la historia del Uruguay. Era bravo sustentar esta tesis cuando nunca en la historia del país hubo un crecimiento económico sostenido e ininterrumpido como en estos años, la recuperación salarial, los niveles récord de inversión, etc.

El "viento de cola" y la "década perdida" fueron derrotadas en las elecciones nacionales del 2014 en donde esta vez José Mujica le entregó la banda presidencial a Tabaré Vázquez, una vez más con mayorías parlamentarias contra todos los pronósticos.

Ahora se ha levantado la apuesta y la oposición se juega al todo por el todo. Aprovechando la coyuntura que el país ha en-lentecido su crecimiento fruto de un contexto internacional y sobre todo regional muy desfavorable, el dedo acusador de los opositores se levanta firme y sin titubeos.

Llegó el turno para "la debacle", "el abismo", "la caída total que es la semisuma de todos los desaciertos". Es la espadilla escondida sigilosamente a la espera de la tercer mano -esta vez definitoria- luego de una reñida disputa de truco en la que resta la última jugada.
La realidad indica que mientras la región -especialmente Argentina y Brasil- tienen crecimientos negativos en años consecutivos y problemas económicos de todo tipo, nuestro país sigue navegando con modestas tasas al alza y con las variables macroeconómicas controladas y en equilibrio.

Hay señales amarillas claro que sí. El déficit fiscal que no cede, la deuda que ha crecido, la inversión que no está en los niveles deseados, el desempleo que subió algún dígito. No somos los de antes pero ni por asomo estamos a la altura de nuestros vecinos cuyos problemas multiplican por diez los nuestros.

Pero hay indicios claros de recuperación y de nuevo impulso. La instalación de la nueva planta de UPM, otros proyectos en danza, nuevos incentivos a la inversión y una rendición de cuentas presentada al Parlamento muy moderada y austera, que auguran la posibilidad cierta ya no de mantener los actuales niveles sino de mejorarlos de forma importante. El crecimiento no ha decrecido y el nivel de exportaciones se mantiene firme con algunos vaivenes.

¿el gobierno tendrá el dos de la muestra? ¿tendrá otra pieza cuando ya se ha gastado alguna en las jugadas anteriores? Es la incógnita que carcome a la oposición, ¿y si nada se cae? ¿y si llegan al 2019 con crecimiento y recuperación de las variables económicas?

Otra vez habrán errado en la predicción del apocalipsis. Esta vez el golpe sería demasiado duro.

Nunca es el fin de la partida, pero este relato salvaje al todo o nada puede ser un resbalón con pinta de accidente fatal.